A-Year-In- Review: A un año del huracán María

ILEANA BAEZ lifestyle mindset

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"Eran las 7:00 'e la mañana", y yo seguía durmiendo. Afuera, en la sala del apartamento, escuchaba hablar a mi familia y notaba en su voz un poco de miedo. ¡Señores, es un huracán! – pensé -, y esto ya lo hemos vivido antes.

Me serené, y me levanté pues al fin tenía un día libre del trabajo, en meses. Para mí sorpresa las cosas se comenzaban a salir de control. Las tormenteras no parecían querer resistir los vientos y la puerta de corrediza amenazaba salir volando como habían hecho los dos gazebos del condominio.

Leí el plan de emergencia; todo el mundo listo con ropa y zapatos adecuados para ir hasta las escaleras. Las cosas de la perra estaban listas, al igual que nuestros bultos y lo que podía cubrir nuestras necesidades por algunas horas más. ¿Por qué cuánto más podía durar esto?

En este pensamiento me estanco una y otra vez. Luego escucho el viento, recogemos el agua que entraba por todas partes, nos miramos asustados y lo repito una y otra vez. No recuerdo que comimos ni cuándo.  No recuerdo cuando volvimos a dormir, y no recuerdo haber perdido el miedo a los vientos.

Al anochecer hubo toque de queda, las calles estaban desoladas. Los que se atrevieron a salir describían un escenario nefasto y yo casi no podía hablar. Aquello, no lo había vivido antes y comenzaba a sentir el vacío, algo se había ido; algo más que un gazebo.

Los días transcurrieron y el miedo, la desesperación y todas las necesidades llegaron de cantazo y sin posibilidad de mejora. Todos querían arrancar de allí y hacer como que nunca había pasado, pero el aeropuerto no operaba con regularidad, las líneas aéreas no tenían espacios disponibles, y solo quien podía o tenía $1000 o más podía encontrar salida.

¿Qué ocurrió después? No mucho. No había luz, no había internet, no había agua, no había comida saludable, no quedaban muchas esperanzas. Los que perdieron todo, volvían a perder más con las lluvias que seguían llegando, y a quienes les quedo algo comenzaban a perderlo tratando de conseguir gasolina para la planta, abanicos o hielo.

"Y ahí fue donde la puerca entorcho el rabo", se acabó la paciencia de todos porque todos estábamos en igualdad de condiciones de una manera u otra, y comenzaron a irse del país que nos quedó, a juzgarse, a dejar de ayudarse, a perder el control, a tratar de seguir, a aparentar que todo mejoraba, mientras los días pasaban y las historias, las reales comenzaron a oírse.

La de aquel que murió por falta de oxígeno, la de aquel que se suicidó por no conseguir comida, la de quien no aguantó un día más por aquella medicina que venía en camino desde NY, la del que murió por la explosión de un tanque de gas, entre miles de otras más que no llegamos a oír. Para que entonces se quebrantará más nuestra esperanza con la llegada de los ratones, las plagas, las enfermedades y los mosquitos.

No había más que hacer, mientras unos luchaban por seguir aferrados a la esperanza, y mientras otros se echaron el país acuesta ayudando desde el amanecer, otros escondían la ayuda, negaban las cifras reales de muerte haciéndonos dudar de nuestra estabilidad emocional, envilecían al que salía del país, y ajoraban un proceso de duelo que aún no termina.

Nos fuimos.

Con ese país doliendo, con esa herida abierta, con ese sinsabor de no saber que estaba mal o que estaba bien, pero con la certeza de que para mejor.

Un año va y se siente igual. Aun no sé qué paso en algunos días. He llegado a pensar que mi mente lo suprimió.   En algunos días escribía tanto desespero que no se puede ni compartir, y en otros, Sí, en los otros nos fuimos construyendo nuevos recuerdos, nuevas “memorias” como diría mi hija mayor. Y le pusimos colores, tradiciones, abrazos, fotos, y una bandera de PR a este nuevo lugar.

"Lo que San Pedro te dio", Sí, nos dio ser puertorriqueños con todo lo que eso implica, nos dio el amor por la isla de la forma en que nos salga profesarlo sin temor al qué dirán, y nos dio playas, montañas, y café, pero también nos dio oportunidades, posibilidades, sueños, metas y propósito. Y en eso andamos, redescubriendo nuestras almas, con lo que traemos y con lo que se nos añade día a día. Y en algún momento estaremos listos para regresar o para volver a abrazar y seguir abrazando desde lejos.

No hay mayor tormenta que aquella que no se puede apaciguar desde adentro.

A un año del huracán María, sigo creciendo, sigo inventando, sigo amando mi isla Puerto Rico como desde el primer día que me vio nacer.



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